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Hacer liturgia inclusiva.

I. Introducción.

La actitud inclusiva de Jesús de Nazareth para con las mujeres y otros grupos discriminados en la sociedad judía, resultaba escandalosa para sus contemporáneos. Esta actitud se traducía en acciones concretas hacia estos grupos: hablar con ellos/as, comer juntos, visitarles, escucharles, bendecirles, sanarles, instruirles, y en especial validarles afirmándolos/as en su identidad como personas.

Asumir una actitud implica asumir una postura frente a algún aspecto de la realidad, que conlleva una disposición del ánimo con manifestaciones exteriores en el lenguaje, en los gestos y la conducta. Tanto la inclusividad como la exclusión frente a algún grupo humano son actitudes que conllevan manifestaciones a nivel simbólico, a nivel de pensamientos (lenguaje y discurso), a nivel emocional (sentimientos) y a nivel de acciones (comportamiento o conducta). Todas las actitudes son aprendidas ya sea por aprendizaje social, por identificación con otras personas, o por instrucción directa adoptando roles sociales (Johnson, 1993). La modificación de una actitud consiste en la inversión de esta cuando es negativa o en la intensificación de la misma cuando es positiva.

En este caso la evidencia evangélica nos muestra que la actitud excluyente es negativa y ajena a los principios fundamentales del reino de Dios y de la espiritualidad cristiana, basada en Jesús y su mensaje.

Las primeras comunidades cristianas trataron de dar seguimiento a la actitud inclusiva de Jesús. Pero en el transcurso de la historia, la actitud inclusiva fue olvidándose en el desarrollo de los ministerios eclesiales, entre ellos el litúrgico.

En este artículo nos planteamos el siguiente interrogante: ¿Cómo recuperar la conducta inclusiva de Jesús en la iglesia y en especial en la liturgia? En la búsqueda de respuestas, revisamos la actitud y comportamiento de Jesús hacia las mujeres y otros/as marginados/as en la sociedad judía. También valoramos el seguimiento de la actitud y comportamiento de Jesús en las primeras comunidades cristianas así como el papel de la mujer en el campo litúrgico.

Además es de importancia el comprender las influencias culturales patriarcales judías y grecorromanas que tuvieron un papel decisivo en la discontinuidad con la conducta de Jesús, en el desarrollo posterior a la iglesia primitiva que tuvo el cristianismo. En ese sentido revisamos las actitudes de exclusión en los "padres" de la iglesia, y la luz de inclusión que arrojó el movimiento valdense. También es importante la revisión del concepto del sacerdocio universal de los y las creyentes que el protestantismo aporta y que se torna fundamento teológico para el desarrollo de una actitud inclusiva.

Finalmente, nos proponemos caracterizar aquellas liturgias inclusivas que se han desarrollado a partir de la apertura del Vaticano II y las luchas feministas, revisando de esta forma esas características en la liturgia latinoamericana y caribeña.

Esperamos que esta reflexión sea un aporte para revisar cuan inclusivas o excluyentes son nuestras liturgias e iniciar el proceso de invertir las actitudes negativas e intensificar aquellas actitudes positivas que permiten que el género humano se encuentre en un ambiente de respeto, de igualdad y de tolerancia a las diferencias, para celebrar a un Dios que nos crea diferentes y nos ama y respeta por esas diferencias.

II. Inclusión y exclusión en la liturgia cristiana. Perspectiva histórica.

La inclusión y la exclusión son dos actitudes contrapuestas que se instauran y concretan en el ser humano a través de los símbolos, el pensamiento, los sentimientos y las conductas o acciones específicas. A lo largo del desarrollo de la liturgia cristiana ambas actitudes han estado presentes configurando estilos diametralmente diferentes de hacer liturgia y de ser iglesia.

A continuación se presenta una perspectiva histórica de este desarrollo, con el fin de señalar aquellos momentos de la liturgia cristiana, desde sus inicios hasta nuestros días, en la que se manifiestan actitudes y comportamientos inclusivos o excluyentes.

A. Cristianismo y herencia patriarcal.

En la cultura occidental el pensamiento filosófico griego, es fundamento del concepto de ser humano y de la forma en como se relacionan los géneros en la cotidianidad. Aristóteles legó a la cultura occidental un esquema mítico-religioso que se asume y repite en casi todas las culturas patriarcales: el varón como representación de aspectos positivos de la vida (luz, actividad, inteligencia) por una parte, y por otra en sentido contrario, la mujer que encarna los aspectos negativos (pasividad, oscuridad, sentimiento) en esta polaridad del género humano. (Picaza 1996, 26).

En este esquema de pensamiento, el varón se concibe como un elemento superior y positivo para definir el sentido de lo humano. Por su parte, la mujer representa el polo inferior y negativo en el pensamiento aristotélico. Como bien señala Picaza (1996), "de este modo se legitima en occidente, con ropaje de ciencia (de filosofía) una visión desigual de los dos sexos, que legitima el sometimiento de las mujeres al varón" (26).

Las anteriores concepciones son fundamento para que en la historia de las religiones la mujer sea ligada con el ejercicio de roles relacionados con los ritmos de la vida sobre el mundo, con los sentimientos o con los deseos inmediatos y su satisfacción. De esta forma y manteniendo la polaridad en los géneros, se tipificó al varón como un ser que a diferencia de la mujer, supera con su razonamiento los deseos inmediatos de la vida. Este esquema de pensamiento presentó al varón con una supuesta superioridad en relación con la mujer, no solo religiosa, sino en todos los ámbitos de la vida. Por otra parte posibilitó que en la sociedad patriarcal el varón tuviera que reprimir constantemente sus sentimientos sin la posibilidad de expresarlos, ni ejercer acciones en relación con los ritmos de la vida, el cuidado de la intimidad, del hogar, de los/as hijos/as cuando los hubiera. Todo lo anterior considerado señales de "debilidad" en este esquema. Estas características y responsabilidades eran atribuidas al género femenino.

En un análisis sobre las concepciones de hombre y mujer en las diferentes religiones, Xabier Pikasa concluye que las religiones llamadas históricas son patriarcales: (el judaísmo, islamismo y cristianismo).

Para defender mejor su trascendencia y personalidad, ellas han reprimido el aspecto que pudiera parecer materno y femenino dentro de la manifestación de Dios. De esa forma han proyectado sobre el Dios trascendente; rasgos típicamente masculinos (Pikasa 1996, 26).

Es probable que una definición del cristianismo como religión patriarcal, tenga que ver con los elementos que al respecto el cristianismo heredó de la cultura judía por una parte, y de la cultura grecorromana, por otra.

Con relación a la cultura judía, su idiosincrasia ha sido catalogada como patriarcal y "obsesivamente masculina" (Eichrod 1975, 209). Una de sus principales instituciones religiosas después del templo es la sinagoga. El término "sinagoga" proviene de una raíz griega que significa "estar juntos". "Sinagoga" designó primero a la comunidad reunida, antes que al lugar físico de esas reuniones (Avril y De La Maisnneuve 1996, 14). Esta institución tiene sus raíces en el destierro en Babilonia, durante el cual se extendió la costumbre de reunirse para leer la Torá y celebrar la fe. Después del año 70 AC, la sinagoga se constituyó en lugar de oración y a menudo también de estudio, la institución central de la vida judía. Como ocurría en el templo, en donde estaba el "patio de las mujeres", también en las sinagogas las mujeres seguían el oficio desde una tribuna especial. En la actualidad, solo los ortodoxos mantienen esta separación de sexos en la oración. (Avril y De La Maisnneuve 1996, 14).

B. Práctica litúrgica y patriarcalismo en la cultura judía.

En la religión judía se denota un "antropomorfismo masculino" que se refleja en los atributos utilizados con frecuencia para designar a Dios. Por otra parte, en el testimonio bíblico, reyes, profetas, sacerdotes, jueces y sabios son generalmente varones. Alcalá (1980), refiere que "las excepciones femeninas fueron muy contadas y nunca se dieron en el ámbito estrictamente litúrgico" (129).

Alcalá (l980) señala que una de las oraciones atribuidas al Rabbi Jehuda, casi contemporáneo de Jesús, dice lo siguiente dirigiéndose a sus discípulos: "Diariamente hay que dar gracias a Dios por tres cosas: ¡Bendito sea Dios que no me ha hecho "Goi" (no israelita)!, ¡Bendito sea Dios que no me ha hecho mujer!, ¡Bendito sea Dios, que no me ha hecho necio!" (Alcalá 1980, 130).

C. La conducta inclusiva de Jesús de Nazareth.

Es en la cultura judía con estas características polarizadas negativamente hacia la mujer en la que nace el cristianismo. "Su fundador, Jesús de Nazareth, es un varón judío educado en una tradición concreta, con una mentalidad muy peculiar acerca de la mujer." (Alcalá 1980, 127). Sin embargo, la actitud pública de Jesús hacia las mujeres como sujetas marginadas en la sociedad judía es llamativa en ese contexto. Jesús incorporó mujeres en su comunidad, las instruyó como discípulas suyas y actuó para reintegrarles la categoría de personas plenas ante Dios. Estas características de Jesús que revelan una mentalidad abierta e inclusiva, no solo se da en favor de las mujeres, sino de otros/as marginados/as por la sociedad -personas enfermas, personas consideradas pecadores/as, humildes, pobres, niños y niñas, entre otros-. La relación de Jesús con estos grupos de personas discriminadas tenia como objetivo la validación personal y social de los mismos.

En su trato con la mujer y el mundo que la rodea, la forma de proceder de Jesús, su actitud y su obrar dentro de esa rígida y patriarcal sociedad judía constituyeron el primer paso decisivo para conferir a la mujer la plenitud de su valía personal y religiosa.

Pensamos que es cierta la afirmación de que con Jesús se inició verdaderamente una revolución y no solo en favor de los marginados en general, sino también y de forma muy especial en favor de las mujeres. (Bautista 1993, 40). La anterior reflexión invita a considerar la "conducta llamativa de Jesús", que era particularmente incluyente con las mujeres pero en igual intensidad practicada por Jesús con otras personas marginadas en la sociedad judía. Además de llamativa, la conducta inclusiva de Jesús resulta escandalosa. Con relación a las mujeres, Jesús acepta a las mujeres en paridad con los varones, esto produce escándalo en la sociedad, escándalo que es subrayado por los evangelistas, quizá porque, al redactar sus textos, ellos eran los primeros que tropezaban con esa conducta de Jesús hacia las mujeres que tan incompresible les resultaba (Bautista 1993, 40).

Esta conducta inclusiva de Jesús se manifiesta también a "aquellos varones que se encontraban en situación de marginación y eran considerados como pecadores públicos por la sociedad judía; de ahí que Jesús sea llamado "amigo de publicanos y pecadores" (Ev. Lucas 7:34) y que él mismo diga a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: "en verdad os digo, los publicanos y las rameras llegan antes que vosotros al reino de Dios" (Ev. Mateo 21:31)” (Bautista 1993, 40).

La actitud de Jesús hacia las mujeres da forma a su conducta inclusiva. Esta actitud es "contra cultura". Difiere radicalmente de la de su cultura y de la de sus contemporáneos judíos. Al profundizar en la actitud de Jesús hacia las mujeres, Bautista (1993), señala que, no encontramos en labios de Jesús ninguna observación negativa sobre la naturaleza, condiciones y capacidad religiosa de la mujer en comparación con el varón, e incluso se puede afirmar que Jesús llega a ignorar aquellas afirmaciones bíblicas que son despreciativas para la mujer; Jesús quiebra tanto las tradiciones bíblicas como las rabínicas que restringían el papel de la mujer en los actos religiosos, y rechaza cualquier intento que supusiese una depreciación de su valía y de sus méritos, así como del valor de su palabra como testimonio; si bien es cierto que Jesús no llegó a rechazar expresamente la estructura familiar judía ni el contexto patriarcal en el que se insertaba, también es cierto que la superación de todas las estructuras patriarcales está contenida en su anuncio del Reino de Dios (Bautista 1993, 163).

Ante las evidencias evangélicas sobre la conducta inclusiva de Jesús de Nazareth, como muestra de los valores del Reino de Dios que proclamó, surgen las siguientes interrogantes: ¿Por qué el cristianismo en su desarrollo histórico posterior perdió la inclusividad hacia las mujeres, adoptando pensamientos y conductas excluyentes, lo cual lo aparta diametralmente de los principios y conducta de Jesús? Si Jesús enseñó una actitud totalmente inclusiva hacia las mujeres y otros sectores marginados, ¿por qué el cristianismo discontinuó el ejemplo de Jesús, que aunque era considerado escandaloso por sus contemporáneos judíos, muestra la imagen de un Dios inclusivo?

D. Inclusividad en las primeras comunidades cristianas.

En los comienzos del cristianismo, las primeras comunidades cristianas dan seguimiento fiel a la actitud y conducta inclusiva de Jesús. Con relación a la mujer y la liturgia, Berger (1995) menciona que "en los comienzos del cristianismo, la liturgia estaba marcada más intensamente por las mujeres que luego, durante el ulterior desarrollo histórico" (169).

Las primeras comunidades cristianas eran espacios de participación tanto para los hombres como para las mujeres. Los y las que participaban tenían nuevos propósitos. Iniciaban una nueva forma de vivir, con nuevas actitudes y con una nueva imagen. También contaban con la posibilidad de participar activamente en una comunidad que se dedicaba especialmente a los/las oprimidos/as y marginados/as (Bautista 1993, 164). Dentro de los y las que se incorporaban al cristianismo, había un gran número de mujeres, especialmente en las ciudades. Ponían a disposición de la iglesia sus casas para reunirse, como lugares para el culto divino y había mujeres que "presidían" los actos del culto (véase Romanos 16:2) en esas comunidades domésticas que se reunían en lugares privados." (Berger 1995, 169).

Sobre la participación de las mujeres en la iglesia primitiva, Bautista (1993), concluye que existe una presencia y un papel activo y reconocido de las mujeres en la vida de las comunidades, bajo diferentes formas y a distintos niveles. En los primeros tiempos de la iglesia, es de destacar, sobre todo, el status y los roles que ejercen las mujeres en las llamadas "iglesias domésticas", surgidas tanto en la comunidad de Palestina, como en las comunidades de Asia Menor y de Grecia (Bautista 1993, 168). No es de extrañar que en las primeras comunidades cristianas las mujeres tuvieran un rol protagónico en la conformación y conducción de la misma. En estas primeras comunidades no existía el oficio de liturgo/a en el sentido sacerdotal. La comunidad era considerada litúrgica. Hechos 13:2 muestra una comunidad haciendo liturgia. Sin embargo, con el transcurso del tiempo, la iglesia depuso esta actitud y la participación de las mujeres en los diversos ministerios y en especial el litúrgico, fue cada vez más restringida. Bautista (1993) lo expresa así: Del análisis realizado sobre los diferentes roles o funciones eclesiales desempeñados por la mujer en los primeros siglos del cristianismo, se puede deducir que sólo las mujeres profetas gozaron de un status de igualdad en la iglesia; el resto de los roles o funciones ejercidos por la mujer, y a pesar de haber llegado a alcanzar un cierto grado de institucionalización, no disfrutaron de un status de igualdad real; las funciones desempeñadas por la mujer suelen ceñirse, en definitiva y sobre todo, al ejercicio de la caridad y buenas obras; incluso cuando bautizan o enseñan, su área de actuación suele estar restringida a la de la mujer o, todo lo más, a la de los niños (Bautista 1993, 168).

El desarrollo histórico del cristianismo muestra que la participación de la mujer en determinados ministerios eclesiales evolucionó desde una fase de libertad y pluralidad de ministerios (en fiel seguimiento a la actitud y conducta inclusiva de Jesús), a una serie de restricciones y reglamentaciones rígidas. Bautista (1993) señala que la organización de las iglesias domésticas, en la que participan tanto varones como mujeres, permite inferir que las mujeres en un principio no se limitaron a poner sus casas al servicio de la iglesia, sino que "ejercían una verdadera función como guías espirituales rezando, predicando, profetizando y realizando funciones litúrgicas" (Bautista 1993, 153).

E. Cambio de actitud, de la inclusividad a lo excluyente: influencia cultural grecorromana.

Las normas que surgen en los primeros siglos del cristianismo muestran un cambio de actitud que va de la inclusión a la exclusión. Es notorio que en el siglo II D.C., las estructuras de las comunidades eclesiales cristianas sufrieron una importante modificación. Del compartir responsabilidades (entre ellas la litúrgica), que era una práctica fundamentada en los dones espirituales y los carismas, se pasa al ejercicio de la autoridad por parte de ministros locales (Bautista 1993, 153). Esto hace que poco a poco el rol del varón como superior se imponga sometiendo a las mujeres a una serie de restricciones para el ejercicio de los ministerios, en especial el litúrgico que en adelante adquirirá características sacerdotales.

Ricardo Pietrantonio señala que en las primeras comunidades cristianas no existían los oficios de liturgo/a o sacerdote. Toda la comunidad era litúrgica y sacerdotal. El autor también destaca la relación que históricamente surgiría entre estos dos oficios, cuando señala que existen muchos oficios en el Nuevo Testamento, muchas formas de llevar a cabo el ministerio. Según el libro hay diferentes oficios. Pero hay dos que no aparecen y que curiosamente en la historia, después, están interrelacionados: sacerdote y liturgo (Pietrantonio, 1987, 1).

La oficialización del cristianismo por parte del estado romano en el Siglo IV, es un factor de suma importancia a considerar en cuanto a la modificación de la actitud inclusiva que mostraba el cristianismo en los primeros siglos.

Durante los primeros tiempos del cristianismo, se vive una "comunidad de iguales." Esto actúa como elemento confrontador del orden social establecido. Una de las grandes consecuencias de la oficialización del cristianismo por parte del estado romano, es que la iglesia pasa a ser mantenedora de ese orden social que antes confrontaba. "En la medida que el cristianismo se va institucionalizando, se da una mayor importancia a la ortodoxia, y va a ir incorporando y asumiendo la ética social vigente; va también dejando de ser un movimiento que se enfrenta y critica el orden social para convertirse en una institución religiosa cada vez más legitimadora de éste. Esta función de la Iglesia se ve facilitada por la incorporación no sólo de los esquemas mentales y culturales presentes en la sociedad judía y romana, sino también por la incorporación de los modelos institucionales que la sociedad romana ofrecía a la Iglesia; con estos modelos se incorporaban también las estructuras patriarcales que contenían y que eran portadoras de elementos discriminadores no sólo para la mujer, sino también para otros miembros de la comunidad" (Bautista 1993, 169).

La incorporación de modelos culturales e institucionales de la cultura grecorromana va en detrimento de la vivencia de una comunidad de iguales. Las mujeres perdieron el lugar de igualdad que tenían en las primeras comunidades cristianas (Bautista 1993, 169).

A continuación se presentan algunos rasgos de la influencia que recibió el cristianismo en su conformación y desarrollo, por parte de la cultura grecorromana. En la historia de los primeros siglos del cristianismo se constata una fuerte tensión por el dilema entre conservar las formas judías (Véase Hechos 10:44-48, 11:1-18 y 15:1-35; Gálatas 2:11-14) o incorporarse al mundo grecorromano "rico en diversas corrientes filosóficas y religiosas" (Bautista 1993, 138). El cristianismo optó por incorporarse al mundo grecorromano en el que se desenvolvía. "De esta forma, las influencias se hicieron recíprocas: el imperio romano proporcionó al cristianismo modelos institucionales, diferentes modos de pensar y, también, numerosos prejuicios. Era pues inevitable que la cultura grecorromana marcase al cristianismo en temas como la sexualidad, el matrimonio y la familia. La cultura del mundo grecorromano estaba considerada como la cultura por excelencia, y su encuentro con la cultura judeocristiana se tradujo en una absolutización de esquemas culturales que giraban en torno a la naturaleza humana y el orden natural de las cosas queridas por Dios" (Bautista 1993, 138).

En la absolutización de esquemas a las que hace referencia Bautista (1993), la cultura grecorromana logra imponer en el cristianismo las concepciones de ser humano basadas en la polaridad anteriormente señalada que concibe al varón como un ser superior a la mujer.

También se heredan otras polaridades. Fundamentadas en las ideas filosóficas de Platón (ideas que son corriente de fondo para las diversas escuelas filosóficas) se asume en el cristianismo una concepción dualista del ser humano en la que el alma se opone al cuerpo. En esta concepción clásica de la filosofía griega, el cuerpo es la cárcel del alma.

Esto llevará al desprecio de todo lo que sea corporal o esté en relación con la sexualidad, a una moral de evasión de lo terrenal y a una espiritualización de la vivencia humana.

Además llevará a que se identifique a la mujer con estos aspectos "repudiables" desde este esquema, de la corporalidad y de la sexualidad. "Este dualismo no se correspondía con la tradición bíblica, más unitaria y totalizante, lo que no ha impedido que el cristianismo haya sido, en determinados momentos, transmisor de una moral de evasión y de un espiritualismo desencarnado (Bautista 1993, 139).

F. Exclusión en los "padres" de la iglesia.

Con la herencia excluyente de la cultura patriarcal judía, (pese al modelo de Jesús), y con los esquemas de pensamiento heredados de la incorporación al mundo intelectual y a la institucionalización de la cultura grecorromana, los llamados "padres" de la iglesia continuaron con una conducta de exclusión hacia la mujer. Se le restringe la participación protagónica en algunos ministerios de la iglesia, en especial el ministerio litúrgico.

Los "Padres" de la iglesia consideraron al varón como paradigma del ser humano. La virilidad se constituyó en símbolo de lo divino. Lo femenino fue visto como símbolo de lo terreno, corpóreo, carnal (Bautista, 1993). "A pesar de que sus creencias cristianas les obligan a reconocer el hecho de que todos los bautizados son iguales, en sus planteamientos filosóficos y teológicos suele presuponerse la inferioridad natural de la mujer; su forma de resolver el dilema entre este presupuesto y la doctrina evangélica de la igualdad entre los sexos suele consistir en presentar a la mujer cristiana en un proceso de "progreso" hacia el "varón perfecto", que es la madurez de la plenitud de Cristo (Efesios 4:13)”. (Bautista 1993, 153).

De esta forma, se hicieron construcciones teológicas que justificaban y reforzaban la conducta de exclusión hacia la mujer en el ministerio litúrgico de la iglesia. El espacio litúrgico fue exclusivo de los varones para ello consagrados. A medida que se desarrolla la Edad Media, esta exclusión hacia la mujer queda institucionalizada. "Durante la Edad Media las mujeres quedaron prácticamente excluidas de un espacio litúrgico, el recinto del altar; el Pontificale Romanum (1596) señala; La regla de que las mujeres no entren en el presbiterio no se aplicará en el caso de la consagración de una abadesa, de la consagración de una reina, de la consagración de vírgenes y de la coronación de una reina. Durante la Edad Media las mujeres de las comunidades monásticas podían ser sacristanas y repicaban las campanas, encendían velas, limpiaban corporales y preparaban hostias" (Berger 1995,171).

Como se denota, las excepciones para que las mujeres ocuparan el espacio del presbiterio se daban cuando se trataba de una abadesa, una reina o la consagración de la virginidad. Esto último es importante por las connotaciones ideológicas que tiene. Hubo durante este período una exaltación de la virginidad como virtud intrínseca de la mujer. Desde esta ideología patriarcal, instituciones como el matrimonio, la castidad y la sexualidad con fines de procreación se ven altamente valorados como exigencia de la virtud femenina. En cuanto a los espacios y funciones litúrgicas, tal como señala Berger (1995), las mujeres podían ser sacristanas, repicar campanas, encender velas, limpiar corporales y preparar hostias. Es necesario tomar en cuenta que se trata de mujeres de comunidades monásticas. Esto nos hace suponer que para las mujeres que no estaban en dichas comunidades, la exclusión del campo litúrgico era mayor. En última instancia, las acciones litúrgicas permitidas a la mujer durante este período son aquellas que implican la preparación del espacio litúrgico, y en ningún momento conllevan a protagonismo en la dirección y contenido propias de la liturgia, espacios reservados para los varones consagrados para ello. Reily (1996), en un interesante capítulo de su obra titulado “La mujer medieval y la expansión del cristianismo”, presenta desde una perspectiva histórica varios ministerios desarrollados por mujeres durante el período medieval. En la mayoría de las ocasiones fueron realizados en forma clandestina, sin el reconocimiento oficial de la iglesia. De esta forma, Reily se refiere a la predicación femenina dentro de los monasterios desde los púlpitos, la confesión tomada por abadesas en España, la bendición que estas daba a sus monjas. Señala que "tales prácticas fueron descubiertas y rechazadas por el joven Papa Inocencio III cuando asumió el papado en 1198" (Reily 1996, 126). Otras prohibiciones durante este período fueron: que las mujeres no asistieran a la liturgia de la iglesia cuando estaban menstruando, aplazar el bautismo de las mujeres hasta que pasara el período menstrual, no recibir la comunión en los días de la menstruación, y la prohibición de ir a la iglesia y de recibir la comunión después del parto (Berger 1995, 170).

G. Una luz de inclusión, el movimiento Valdense.

Cerca del año 1174, Pedro Valdo, fundador del movimiento valdense, inició su predicación evangélica y su movimiento religioso atrajo a muchos varones y mujeres. Valdo aceptó la predicación de las mujeres, fundamentado en Tito 2. 3-4 y en el texto sobre la profetiza Ana (Lucas 2. 36-38). En el movimiento valdense hubo una clara participación femenina en los ministerios litúrgicos de la palabra y la administración de los sacramentos. (Reily 1996). "En todos los niveles, las mujeres valdenses ejercieron los ministerios al lado de los hombres. Es probable que no existiera una iglesia tan abierta a los ministerios femeninos desde la era apostólica" (Reily 1996, 127).

La inquisición y persecución a la que fueron sometidos los valdenses, hizo que en muchas ocasiones esta iglesia quedara relegada al ámbito doméstico. Aún así, esto no limito la práctica de un comportamiento inclusivo y una mentalidad totalmente abierta hacia el ministerio litúrgico de la mujer, por parte de los Valdenses.

G. El sacerdocio universal de los y las creyentes: punto de partida para desarrollar una actitud inclusiva en la liturgia.

La Reforma protestante iniciada por Lutero, Zwinglio, Calvino y otros no ofrecían en sus inicios muchas posibilidades de participación para que las mujeres ejercieran ministerios. Sin embargo, los principios protestantes de la "sola gracia", "sola fe", "sola escritura" y el sacerdocio universal de los creyentes en particular este último, han sido base firme dentro del protestantismo para el desarrollo ulterior de los ministerios femeninos. (Reily, 1996). Uno de los primeros espacios que tuvo la mujer dentro del ministerio en el protestantismo, fue el compartir las funciones pastorales de su cónyuge. Para muchas mujeres que sentían la vocación al pastorado, el estatus de esposa del pastor, se constituye en la actividad más cercana a la actividad pastoral a la que podían aspirar, lamentablemente. Este estatus no estaba oficialmente reconocido como un ministerio, pero si regulado. Un libro anónimo escrito en 1832 se constituía en un manual sobre los deberes de la esposa del pastor hacia el pastor y hacia la parroquia. El libro señala que la esposa del pastor debía considerarse a si misma como "casada” con la parroquia de su marido, y con los mejores intereses del rebaño."

En América Latina, muchas mujeres que son esposas de un pastor, han tenido que jugar este rol tradicional heredado, aún cuando no lo desean. La presión que se ejerce sobre la esposa del pastor y los hijos e hijas de estos, ha sido causa de daño emocional en muchos casos. Paulatinamente las mujeres casadas con pastores han ido logrando que se diferencie su estado civil de sus supuestas responsabilidades con la parroquia. Por otra parte, en la actualidad son muchas las iglesias protestantes a nivel mundial, que admiten la ordenación de mujeres y cuentan con mujeres en puestos de dirección.

Sin embargo, también son muchos los casos en los que la mujer es excluida del ministerio litúrgico y de la ordenación y su papel dentro de la iglesia queda reducido a reproducir los roles que la sociedad le asigna dentro del hogar. Esto es, el cuido y la educación de los niños/as, labores de limpieza de las instalaciones eclesiales, cuido de enfermos/as y labores de cocina en las actividades especiales de la iglesia. En la práctica de la iglesias protestantes latinoamericanas se constata que la ideología excluyente tiene raíces tan fuertes, que aún cuando se acepte que la mujer tenga un ministerio propio, o no tenga que asumir el rol tradicional de esposa de pastor, o bien sea ordenada al ministerio; en muchas ocasiones son las mismas mujeres de la parroquia las que no aceptan estas posibilidades en plenitud.

Se trata de una exclusión internalizada. Esto es, la consecuencia psicológica de autoexclusión y baja estima que se da cuando una persona o grupo de personas ha sido histórica y sistemáticamente marginada y discriminada por su clase social, su etnia, su orientación sexual, su religión, sus adhesiones políticas, su género, entre otros.

H. Vaticano II y toma de conciencia de las mujeres.

A partir de Vaticano II y las luchas del movimiento feminista, las mujeres constatan entre otras cosas que a pesar de ser ellas la mayoría, en la iglesia Católica no están representadas como mujeres. El culto se dirige a los hombres. La manera de dirigirse a los fieles es en lenguaje excluyente, masculino. Muy pocas historias de mujeres son incluidas en el leccionario litúrgico. El lenguaje con el que la iglesia habla de Dios es masculino. (Berger, 1995).

Las constataciones de exclusión y desigualdad también se hacen en el ámbito social. En América Latina y el Caribe son evidentes. Un informe de la UNIFEM titulado ¿Cuánto cuesta la pobreza de las mujeres en América Latina y el Caribe?, recoge varias investigaciones sociales en esta región, realizadas desde una perspectiva de género. (García 1999, 20).

Al respecto se señalan algunos ámbitos básicos de diferencia social entre hombres y mujeres en América Latina y el Caribe: La división sexual del trabajo. Por su socialización genérica a los hombres y a las mujeres se les han asignado roles tradicionalmente diferentes. A las mujeres se les asigna todos los roles ligados a la reproducción, al mantenimiento del hogar y de los recursos humanos que lo habitan. Lo anterior ha limitado su acceso al trabajo remunerado. "Las mujeres tienen trabajos más inestables y mal pagados" (García 1999, 21).

Menor acceso a la educación y a la formación: Los índices globales en América Latina y el Caribe sobre educación señalan mayor analfabetismo en las mujeres que en los hombres. También señalan que son los hombres los que concluyen la primaria o la secundaria en mayor proporción que las mujeres, y que un menor número de mujeres realizan estudios universitarios terminados frente al número de hombres que si los completa. (García 1999, 23).

Reducida participación en la toma de decisiones en el ámbito público y en el privado: "Se puede verificar que para la mayoría de las mujeres en distintos países, el ocupar puestos públicos relevantes es después de negociar cuotas "democráticas" con los partidos a los que representan. Esto quiere decir que todavía no existe equidad en las estructuras políticas hegemónicas sea cual sea su ideología. (García 1999, 24).

Limitada autonomía personal de las mujeres: Los estudios señalan que las mujeres tienen menor movilidad que los hombres en todos los sentidos. Entre ellos se destaca el problema de seguridad. "Tanto en el ámbito rural como en las ciudades sufren un número mayor de violaciones sexuales y maltrato doméstico." (García 1999, 24).

III. Liturgia latinoamericana y caribeña: ¿incluyente o excluyente?

¿Cómo se manifiestan estos indicadores sociales en la práctica pastoral y en especial en la liturgia latinoamericana y caribeña? La anterior interrogante requiere de una investigación exhaustiva. Sin embargo, a continuación se ofrecen algunas ideas al respecto.

A. Indicadores sociales y liturgia.

División sexual del trabajo: Una gran mayoría de iglesias mantienen una división sexual del trabajo pastoral, en donde la mujer se ve obligada a ejercer en la iglesia los roles tradicionales ligados a la reproducción (cuido de los/as niños/as), el mantenimiento del hogar y los recursos humanos que lo habitan. Estos aspectos han sido señalados en este estudio.

Menor acceso a educación y formación: Pese a los esfuerzos de organismos ecuménicos como el Consejo Mundial de Iglesias y otros, e instituciones de formación teológica, aún se da un menor acceso por parte de las mujeres a la educación teológica formal. Un sencillo ejemplo que representa la realidad de algunas iglesias costarricenses, es que para la matrícula inicial del curso "El trabajo pastoral, demandas administrativas", curso de extensión universitaria que imparte la Universidad Bíblica Latinoamericana, se presentaron 15 varones y l sola mujer. Sería interesante hacer un estudio estadístico al respecto que recoja una muestra mayor que permita más inferencias.

Reducida participación en la toma de decisiones en el ámbito público y privado: En este aspecto es importante lo que señala García: "A partir de 1970, investigadores e investigadoras feministas empiezan a darse cuenta, desde el área de planificación para el desarrollo, que muchos de los programas ejecutados en países en vías de desarrollo (en América Latina y Centroamérica entre otras regiones) no alcanzaban el impacto esperado; observan también que muchos de los programas fracasan porque a la hora de ponerlos en práctica surgen diversos factores que no se han tenido en cuenta, y uno de los más importantes es la participación de las mujeres". (Garcia 1999, 19). (El subrayado es nuestro).

En este aspecto también se requiere una investigación exhaustiva que permita mayores inferencias al campo pastoral. No obstante, la práctica litúrgica y pastoral nos permite presuponer que existe una reducida participación de las mujeres en la toma de decisiones pastorales. Esta reducida participación se ve justificada por la exclusión histórica que hemos mencionado en este estudio. De manera que si pretendemos caminar hacia el desarrollo de una actitud inclusiva en nuestras liturgias, una primera acción específica es tomar en cuenta la participación activa de aquellos/as sujetos/as discriminados/as.

Limitada autonomía personal de las mujeres: En este indicador social se plantea una interrogante: ¿cómo afecta la menor movilidad que tienen las mujeres por problemas de seguridad e ideología patriarcal, el ejercicio del ministerio pastoral?

B. Algunas características de una liturgia inclusiva.

A pesar de la historia de exclusión hacia la mujer a la que nos hemos referido y a pesar de que aún hace falta superar esta actitud y comportamiento en el ámbito social, en el ámbito eclesial no podemos desconocer los esfuerzos que las mujeres han realizado a nivel litúrgico y pastoral. Las mujeres protestantes se ampararon en el principio del sacerdocio universal de los creyentes. Las mujeres católicas han tomado los lineamientos del Concilio Vaticano II. Así lo señala Reily cuando afirma que, "no debemos olvidar el principio del sacerdocio universal de toda persona que cree en Cristo”; el desarrollo de los ministerios femeninos (en la Reforma); representa una apropiación de los principios inherentes al protestantismo. (Sola gracia, sola fe, sola escritura, sacerdocio universal).

También es indudable que la recuperación por la Iglesia Católica Romana, a partir del Concilio Vaticano II, del sacerdocio universal de los creyentes, señaló un nuevo día para los ministerios femeninos, a pesar de que aún no haya alcanzado toda su plenitud". (Reily 1996, 140). De esta forma, ha habido una gran producción de liturgias realizadas por mujeres que tienen las siguientes características según señala Berger (1995): 1. Las mujeres son actuantes en la liturgia, 2. Introducen una tensión entre la tradición y la libertad, 3. Se da una intensa predilección por los símbolos, 4. Las liturgias están relacionadas con el cuerpo y 5. Se da un profundo sentimiento de afirmación de la identidad.

A continuación se ofrecen algunas ideas relacionadas con estas características que coadyuvan al desarrollo de una actitud y comportamiento inclusivo, que es necesario aplicar no solo al ámbito litúrgico, sino al ámbito vivencial, familiar, cotidiano y pastoral del quehacer de la iglesia y de quienes la conforman.

Las mujeres son actuantes en la liturgia. Este aspecto es vital para el desarrollo de una actitud inclusiva. Los/as sujetos/as que hasta ahora han sido discriminados/as requieren protagonismo en la acción pastoral y litúrgica de la iglesia. Esto es decisivo para afirmar su identidad y pertenencia social.

Introducen una tensión entre tradición y libertad: Las mujeres aportan nuevos sentidos a la percepción de la realidad y nuevos marcos de interpretación de la misma que posibilitan un espacio de libertad para ambos géneros. Sin desconocer la tradición, esta es releída desde una nueva hermenéutica. De esta forma la tradición no se constituye en la última palabra, sino en palabra susceptible a la crítica y a la transformación.

Se da una intensa predilección por los símbolos, agua, pan, aceite, flores, vino, tierra, paños, fuego entre otros. Este aspecto se considera fundamental en la liturgia latinoamericana. Por lo general la liturgia clásica protestante se ha centrado en la palabra. No obstante, hoy día pareciera que la palabra ya no es el énfasis central de la liturgia de la mayoría de iglesias evangélicas, sino más bien la alabanza. La exploración de nuevos lenguajes alternativos que posibiliten el desarrollo de la capacidad simbólica del ser humano, es un aporte de las liturgias realizadas por las mujeres.

Según el sistema psicoterapéutico denominado Terapia Racional Emotiva Conductual, la conducta del ser humano está precedida por los sentimientos y estos por los pensamientos. (Beck, 1991).

Esto es, ante un hecho que sucede, se da el pensamiento, luego el sentimiento y luego la conducta. Para esta terapia existe una congruencia entre los tres elementos. Justamente la terapia pretende modificar los pensamientos para modificar los sentimientos y modificar de este modo los comportamientos. Un aporte valioso a estas concepciones lo da la teóloga Sallie McFague, (1994) en su Teología metafórica. McFague sostiene que "las creencias y las conductas están más influidas por las imágenes (símbolos y metáforas) que por los conceptos." (80). De esta forma propone con profundidad el cambio de metáforas y simbolismos para referirse a Dios, superando la metáfora de Dios como padre patriarcal (que se ha instaurado casi como único modelo posible para concebir a Dios), por nuevas imágenes de Dios: Madre/Padre Dios tierno/a, misericordioso/a, justo/a, inclusivo/a.

De esta forma, se establece una relación importante entre lo simbólico y la conducta. Tomando esto en cuenta, y tomando en cuenta los aportes de la Terapia Racional Emotiva Conductual, podríamos señalar que entre el símbolo y la conducta están los pensamientos y los sentimientos. Es decir, la secuencia sería así: símbolo, pensamiento, sentimiento, comportamiento.

Lo anterior arroja una luz importante para el campo de la liturgia, en especial en la búsqueda de una liturgia inclusiva y en la búsqueda de la recuperación y la continuidad de la conducta inclusiva de Jesús de Nazareth.

De esta forma, trabajando con símbolos y gestos inclusivos es posible generar pensamientos, sentimientos y conductas inclusivas. El proceso no es automático. Requiere la desestructuración de símbolos y esquemas de pensamientos basados en la exclusión y el patriarcalismo y sostenidos por siglos. Requiere la configuración de nuevos símbolos y la producción de un discurso inclusivo en la liturgia. Este discurso, en la medida que esté fundamentado en lo simbólico que se recrea constantemente, no correrá el riesgo tan común de quedarse solamente en el discurso, sin trascender a los sentimientos y sin reflejarse en las conductas. De esta forma, para lograr un cambio de actitud y de comportamiento que supere la exclusión y tenga como meta el desarrollo de una actitud inclusiva en fidelidad a Jesús, se hace necesario trabajar con lo simbólico de manera tal que se produzca una congruencia con el discurso (pensamiento) y con lo emotivo (sentimientos). Si se logra esta congruencia en el espacio litúrgico, se logrará la configuración de una conducta inclusiva. Se trata de un cambio de esquemas de expresión simbólica, y de pensamientos. Y se trata también de una toma de contacto con las emociones, justamente para no solo simbolizar, no solo racionalizar, sino también sentir.

Una vez que se logra tomar contacto profundo con los sentimientos, el ser humano es capaz de modificar su actitud, por lo tanto su conducta. Es indiscutible que las mujeres tienen un gran aporte en este campo para la liturgia por el amplio desarrollo de lo simbólico por un lado y la naturalidad con la que la mujer toma contacto con sus sentimientos, por otro.

Liturgias relacionadas con el cuerpo.

De todas las expresiones humanas esta es quizás de la que más se carece en la liturgia protestante tradicional. La identificación del cuerpo humano como elemento focal en la relación pecado-culpa, ha causado serias limitaciones al cristianismo para usar con libertad y naturalidad el cuerpo en la liturgia. Esta localización también nos ha causado problemas en la expresión de la sexualidad y el amor, aspectos en los cuales nuestro compromiso corporal se potencializa.

Por otro lado, la fe cristiana en su expresión racionalista hizo a un lado la dimensión corporal. En el esquema dualista de concepción del ser humano, el ser humano fue tan espiritualizado que se opuso corporalidad a espiritualidad. El cuerpo fue considerado malo y sucio, por la tanto la expresión corporal encontró profundas limitaciones entre nosotros para darse. Ernesto Barros señala que, "sabemos que la dimensión racionalista de la teología y de la espiritualidad, dejó a un lado la comprensión del ser humano como un todo, como alguien que integra el pensamiento, los sentimientos la vivencia y la expresión. Mucho más que cerebro, diríamos que el ser humano es piel y entrañas. Y esto en el sentido de que cuando algo impacta realmente al ser humano, esto se manifiesta en escalofrío, en temblores de piernas, sequedad de garganta, dolor de estómago...". (Barros, s/f. 2).

La corporalidad nos apela profundamente a todos/as. La más evidente modificación en el paso de la niñez a la adolescencia se da en nuestro esquema corporal. El esquema corporal es la imagen interna que manejamos de nuestro propio cuerpo. Esta imagen no es puramente cognocitiva, o sea basada en el conocimiento objetivo de nuestra apariencia y funcionamiento físico, sino que está impregnada de valoraciones subjetivas. Por lo tanto dicho esquema es una parte importante de la imagen que cada uno tiene de si mismo, así como un elemento donde se sustenta o expresa la autoestima. (Krauskopf 1994, 31).

Si la autoestima se sustenta o expresa en una sana elaboración de nuestro esquema corporal (imagen interna de nuestro propio cuerpo), nótese la importancia a nivel psicológico de fortalecer un buen desarrollo de ese esquema corporal en los niños/as y adolescentes. "El niño basa fuertemente la valoración de si mismo y de su apariencia corporal en la visión que de él le trasmitan sus familiares, en particular sus padres. Se cree así hermoso o defectuoso, según se lo han hecho sentir." (Krauskopf 1994, 31).

Es de singular importancia en esta reflexión, tomar en cuenta el hecho de que la mujer ha sido históricamente desvalorizada en su esquema corporal, asociando el cuerpo femenino a lo carnal y pecaminoso. ¿Cuáles mensajes transmitimos como iglesias en relación con nuestros cuerpos? Es necesario que la adoración cristiana en el marco de una liturgia inclusiva, tome muy en serio la valoración del cuerpo como obra de arte de Dios, como una parte fundamental, limpia y bella de nuestro ser personas. Es necesario promover la expresión corporal en la liturgia con naturalidad en la búsqueda del fortalecimiento de la autoestima de cada uno/a. Profundo sentido terapéutico de afirmación de su identidad. Esta dimensión también revierte mucha importancia en la búsqueda de una liturgia inclusiva. El espacio litúrgico con todas sus posibilidades de simbolización, de expresión de sentimientos, de desahogo emocional, de crítica y elaboración de esquemas de pensamiento y de modificación de comportamientos, conlleva un profundo sentido terapéutico que afirma no solo la fe, sino también la identidad de quienes celebran.

En una liturgia excluyente no habrá afirmación de identidad más de quienes excluyen y en un sentido muy negativo, pues se trata de una identidad que se afirma negando a los/as otros/as la posibilidad de expresión y acción y el derecho a afirmar su propia identidad.

Una liturgia inclusiva buscará ser un espacio de afirmación de la identidad de todos/as los sectores que conforman la comunidad: mujeres, varones, niños/a, jóvenes, adultos mayores, sin discriminación racial, de género, de orientación sexual, social, económica entre otras. La liturgia revelará el compromiso misional, ético y social de quienes celebran. Compromiso consigo mismos y con su entorno.

De ahí también que (la liturgia) sea un índice de las actitudes, el estilo de vida, la cosmovisión y la participación social del pueblo; por que refleja un comportamiento psicosocial definido, repleto de imágenes socioculturales, con un contenido étnico concreto y con una clara visión de la iglesia y la sociedad. (Costas 1975, 8). Las actitudes inclusivas transformarán el estilo de vida de los/as celebrantes, la cosmovisión y su participación en la sociedad proveyendo en primera instancia una profunda afirmación del compromiso consigo mismo y con los demás, es decir una afirmación de la propia identidad como sujeto/a.

Finalmente, al proponernos hacer liturgia inclusiva, es importante la reflexión en torno a la igualdad que todos los seres humanos tenemos frente a Dios. Esta igualdad se expresa actuando contra toda discriminación. Es necesario recuperar el sentido de las primeras comunidades cristianas, en donde "ya no hay judío ni griego, no hay esclavo ni libre; no hay hombre ni mujer, porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús." (Gálatas 3.28). Coincidimos con Bautista (1993) cuando señala que la iglesia tiene el papel de unificar al género humano tan dividido y polarizado.

"Esto no lleva más que a hacer más imperativa la exigencia de igualdad de todos los seres humanos en su dignidad de hijos de Dios, porque todos estamos llamados a un mismo destino, y sin ninguna discriminación. Y esta es la misión de la Iglesia; (que) es el signo y el agente de unificación del género humano como una familia alrededor de Dios". (Bautista 1993, 170). La actitud inclusiva de Jesús no se limitó a las mujeres. Otros grupos sociales discriminados en su tiempo también tuvieron su aceptación y fueron validados por él y por el mensaje del reino proclamado. La tarea actual es tomar conciencia si somos inclusivos o excluyentes con grupos discriminados en nuestra sociedad, por su condición de género, de raza, de cultura, de orientación sexual, de clase social entre muchas otras discriminaciones que como seres humanos hemos inventado como reacción de miedo a las diferencias.

IV. Conclusiones.

Actualmente existe en la Liturgia de muchas iglesias y comunidades cristianas, discriminación hacia la mujer y hacia otros grupos humanos que son marginados (exclusión por género, racial, clases, generacional, sexual, ideológica).

La práctica pastoral de Jesús lo coloca contra toda exclusión. Se da en Jesús una conducta llamativa de inclusión que resultó escandalosa. En la historia de la iglesia se discontinuó el seguimiento a esta conducta, pese que si se dio en la práctica de las primeras comunidades cristianas. La fundamentación posterior de la práctica cristiana en los esquemas culturales judíos y grecorromanos patriarcales provocó una discontinuidad con el modelo de Jesús (que nos presenta una imagen inclusiva de Dios) originando restricciones a la mujer, en especial en el ministerio litúrgico en el cual se reduce notablemente el protagonismo que tenía en las primeras comunidades cristianas. Por otra parte, la concepción de ser humano heredada de la filosofía griega, que es dualista, ha provocado una espiritualización excesiva del papel del varón en la liturgia. A la mujer, dentro de ese esquema dualista, se la ha identificado con la carnalidad, lo sexual, el pecado. Los llamados "padres de la iglesia" no superan esta contradicción. Explicaron el cristianismo con base al esquema dualista griego, y en ese esquema de pensamientos, también ellos llegan a consideran a la mujer como un ser inferior en camino a la perfección del varón. Construyeron toda clase de justificaciones teológicas para esta actitud excluyente. El movimiento valdense que antecede en muchos años a la Reforma protestante, desarrolló una conducta inclusiva en su práctica pastoral y litúrgica. De la misma forma otros grupos "disidentes" superaron en su práctica las actitudes de exclusión. Estos grupos fueron contrarrestados y cruelmente diezmados por la persecución de la iglesia oficial.

El protestantismo aparentemente es más abierto en cuanto a la participación de las mujeres en la liturgia. No obstante en muchos casos la mujer tiene un marco de acción en tanto esté sujeta al varón. En algunos casos, la única posibilidad de estar cerca del ministerio para una mujer fue convertirse en esposa del pastor o esposa de un misionero. En la actualidad existe conciencia en muchas iglesias que han accedido al ministerio ordenado de las mujeres y a que ocupen altos cargos directivos. Todo esto ha sido un proceso de lucha de las mismas mujeres. En muchas ocasiones las mujeres ordenadas al ministerio han tenido que afrontar los obstáculos que ponen las mismas mujeres de la iglesia. Esta actitud se debe a la internalización de la exclusión a la que la mujer ha sido históricamente expuesta entre otras cosas.

En la actualidad y a partir de los insumos del Concilio Vaticano II, se realizan esfuerzos ecuménicos inclusivos. Es necesario recuperar la conducta inclusiva de Jesús en la iglesia actual. Para ello se han de revisar las concepciones teológicas sobre Dios. Se ha instaurado como modelo la metáfora de Dios como padre, sin permitir otras metáforas.

Es necesario utilizar los recursos de la teología metafórica para encontrar nuevas imágenes sobre Dios que sean inclusivas, desculpabilizadoras, integrales y transformadoras. El símbolo precede al pensamiento. El pensamiento precede a los sentimientos. Los sentimientos preceden a la conducta. Para llegar a una conducta inclusiva siguiendo el modelo de Jesús, se hace necesario trabajar con los símbolos, con el pensamiento, con los sentimientos y con las acciones. Es necesario someter a confrontación constante las ideas de exclusión que surgen en la liturgia y en la práctica pastoral.

También se hace necesario revisar la concepción de ser humano. Una alternativa a la concepción dualista heredada, es concebir al ser humano como una unidad que contiene dimensiones biológicas, psicológicas, sociales y espirituales. Esta visión de conjunto del ser humano como una unidad bio-psico-socio-espiritual no niega ni favorece alguna de estas dimensiones. A partir de esta concepción se puede trabajar hacia una conducta inclusiva, reforzada por el fiel seguimiento a Jesús de Nazareth, como fundamento de nuestra espiritualidad cristiana.

El trabajo para modificar las actitudes de la iglesia invirtiendo el proceso heredado históricamente, es decir, de la exclusión a la inclusión, es arduo. Requiere desarrollar una actitud inclusiva no solamente hacia las mujeres, sino hacia otros grupos discriminados por múltiples razones, al mejor estilo de Jesús. El espacio litúrgico por ser una combinación de simbolismos, pensamiento y sentimientos, resulta un espacio propicio para el cambio en la actitud de los/las creyentes. Habrá que revisar entonces cuáles son los símbolos en la liturgia, cómo son los cantos, las oraciones, la predicación, los gestos, el espacio en si. En otras palabras, ¿está la liturgia mostrando el rostro de un Dios inclusivo?

Edwin Mora (Educador. Teólogo)
Red de liturgia del CLAI
Ese malestar que corroe a la familia.

Desde mitad del siglo 20, las sociedades se basan en lazos más débiles entre padres e hijos, y más fuertes con las amistades. Esto está derivando en cierta falta de reciprocidad en los vínculos y grandes tensiones intergeneracionales.

Algo huele mal en la familia. Aunque no se habla demasiado de ello, sólo se comenta en la intimidad y evidenciarlo suele rayar con la vergüenza o con la culpa por haber hecho algo mal. El malestar aparece entre los padres con sus hijos adultos de muy diversas maneras en los desencuentros cotidianos. Los padres sienten que el deseo de verse puede resultar forzado, que algunas formas de interacción rozan la molestia o que simplemente "hinchan", y que los pactos de reciprocidad en los tratos y en los apoyos pueden no resultar parejos.

Muchos intentan adaptarse a una situación que por un lado parece la esperable, pero por el otro no es la que personalmente esperan, produciéndose de esta manera una brecha de malestar, desconcierto y dolor. Las quejas más actuales radican en el sentirse demasiado expuestos a críticas; en el pedido de que los padres cuiden a los nietos al tiempo que no se entrometan demasiado con éstos; en la expectativa de que los mayores estén cuando los más jóvenes pueden no estar; en un cierto descuido de lo que podríamos llamar los "buenos modales", particularmente hacia las madres, cuando no, en un cierto maltrato; y en una no demasiado clara responsabilidad de duración del apoyo económico. Aun cuando comienza a percibirse tempranamente, toma carices más complejos y ríspidos con el paso de los años y particularmente con el envejecimiento de los padres.

Las diversas formas de vinculación de las familias han sido una constante en la historia, desde los múltiples arreglos y acuerdos relativos a consensos sociales acerca de las maneras de relacionarse, dependientes en gran medida de los espacios de poder convenidos a cada grupo etario; hasta los modos particulares de resolver controversias. Por esto, la falta de reciprocidad que destaco no implica un reclamo de valores tradicionales ni de retornos hacia modelos anteriores, que seguramente tampoco serían aceptables, sino que se trata de repensar esta situación actual y ver de qué manera llegamos a cierto orden en el cual aparece semejante tensión intergeneracional.

Uno de los ejes centrales de lo social se conforma a través del lazo que se construye entre las generaciones. A partir de ciertas premisas más o menos explícitas se crea una cierta convivencia con variantes ideales, esperables o rechazables. Probablemente uno de los orígenes del descontento se arraigue en perspectivas sobre el intercambio entre las generaciones que trasuntan nuestra cultura. Desde mediados de siglo pasado la perspectiva de desarrollo de los jóvenes se fundó en ideales de libertad individual y menor dependencia con su familia, así como en una cierta perspectiva mesiánica, tal como la calificó Margaret Mead, de fuerte idealización de los que vendrán y apuesta a futuro, soslayando la dimensión de responsabilidad y reciprocidad entre las generaciones. Algunos denominaron este cambio como "la generación de los jóvenes", aludiendo a la transformación en los espacios de decisión dentro del marco familiar en las sociedades occidentales.

El fuerte poder y control que establecían los padres hacia los hijos se modificó definitivamente, promoviendo transformaciones en la relación que dieron lugar a otro modelo de familia. Las nuevas formas de intercambio priorizan la elegibilidad de los vínculos, como las amistades, y se desvalorizan vínculos de mayor dependencia y menor decisión, como la familia.

Sin embargo, esta modalidad, que brindó mayores espacios de libertad al conjunto social, resultó más esperable para los más jóvenes, y en particular desde el rol de hijos, pero menos clara para los más grandes en el rol de padres, para quienes no es tan evidente cuándo termina la idea de dador o protector, es decir, en qué punto los hijos dejan de depender de éstos.

Es en este contexto en el que se desarrolla un conflicto que reclama nuevas formas de solidaridad entre los miembros y que no deje a un grupo con escaso margen de recursos frente a una situación de malestar.

Lic. Ricardo Iacub (Psicólogo. Docente de la UBA)
Clarín
2009
Cultura adolescente y tribus urbanas.

Acabo de visitar una iglesia en la que encontré un hermoso y variado grupo de adolescentes y jóvenes. Se habían sentado al fondo del salón, separados de los adultos que estaban adelante, pero participaban de la reunión con interés. Algunos lucían crestas de colores en sus cabelleras, otros el cabello largo y otros corto. Abundaban los cinturones y las pulseras metálicas, las zapatillas y las remeras negras. En fin, se podía observar una variada colección de moda adolescente. Inclusive estaban aquellos chicos y chicas que lucían remeras y pantalones que usted o yo nos animaríamos a usar. Se notaba que eran amigos entre sí pues al terminar la reunión conversaban muy entusiasmados. Era evidente que se sentían cómodos en esa iglesia, de lo contrario no hubieran estado allí.

¿Cómo habían llegado a esa iglesia? ¿Por qué estaban cómodos allí? ¿Qué es lo que lleva a los adolescentes a “huir despavoridos” de algunas iglesias y a integrarse a otras? ¿Cómo era posible que adolescentes que manifestaban tanta diversidad, conformaran un grupo? ¿A qué culturas adolescentes pertenecían? ¿Eran adolescentes cristianos y cristianas dispuestos a vivir de acuerdo con los valores del reino de Dios? Al finalizar el culto me acerqué para entrevistarlos pues sé que los adolescentes cambian tanto, que los libros que hablan sobre ellos pronto quedan desactualizados y es imprescindible dialogar con ellos para entenderlos y aprender de ellos. Les dije que quería conocer sobre sus culturas. Una sonrisa les iluminó el rostro y comenzaron a hablar de sus vidas, de sus dolores, de sus proyectos y del camino recorrido hasta llegar a encontrarse con Cristo y congregarse en esa iglesia,. Esos chicos y chicas “la tenían clara”. Vivían un cristianismo sin molde, fresco, auténtico y contagioso. Tan contagioso que cada vez había más adolescentes en ese grupo.

En ese grupo había chicos y chicas que en la calle no hubieran conversado entre sí, pues pertenecían a tribus enemigas. Más aún, un muchacho punk estaba de novio con una chica heavy metal. Según me dijeron, habían estado “en la pesada” hasta que tuvieron un encuentro con Cristo y comenzaron a cambiar profundamente. Mientras conversaba con esta pareja, se acercó un adolescente vestido según la moda general y me dijo que era new metal y que los heavy metal y los new metal no se llevan bien, pero que ellos eran amigos. Contabilicé en esa iglesia adolescentes que pertenecían a 5 tribus urbanas distintas y adolescentes que no pertenecían a ninguna tribu. Mi asombro aumentaba cada vez más, pero antes de relatarles cómo terminó la entrevista, me parece necesario aclarar algunos conceptos importantes. ¿Por qué hablamos de culturas adolescentes? ¿Qué son las tribus urbanas?

Las culturas adolescentes.

Los adolescentes no son todos iguales pese a que con frecuencia hablamos de la adolescencia como si hubiera una única y universal manera de ser adolescente. La adolescencia comienza con los cambios biológicos que determinan la maduración física y sexual, sin embargo cómo se desarrolla, cuándo termina y qué significado adquiere esta etapa de vida, depende en gran medida del contexto sociocultural en que se vive.

Los adolescentes representan, producen y comunican distintas “culturas adolescentes”. La cultura es el conjunto de conocimientos, valores, prácticas, creencias, artefactos que se adquieren por vivir en determinado contexto social, que configura una trama de significados compartidos desde la cual nos comunicamos. Las culturas adolescentes son las distintas maneras en que ellos expresan colectivamente sus experiencias sociales construyendo estilos de vida distintivos que se manifiestan en especial en el tiempo libre o en espacios específicos que generan en distintas instituciones o lugares (Feixa, 99).

Según los sectores sociales de los que provengan, que dependen de la familia de origen, del barrio, de las escuelas, las iglesias, los clubes, las amistades y otras instituciones o redes sociales, los adolescentes adquieren distintos valores, expectativas y normas de conducta con los que construyen estilos de vida propios. Otro aspecto importante en la construcción de las culturas adolescentes es la generación, pues quienes han nacido en determinado momento histórico comparten sucesos, costumbres, modas y valores comunes.

Las culturas adolescentes se construyen entonces, con elementos provenientes de las identidades generacionales, de clase, de género, etnia y territorio. Incorporan elementos provenientes de la moda, la música, el lenguaje, las prácticas culturales y las actividades que realizan. Las fronteras entre las distintas culturas adolescentes no son estáticas ni infranqueables. Por el contrario, los adolescentes no se identifican siempre con el mismo estilo sino que reciben influencias de varios estilos y a menudo construyen su propio estilo, que depende de sus gustos estéticos, musicales, sus valores, y de los grupos primarios con los que interactúan.

Los adolescentes se relacionan de distinto modo con la cultura dominante de la sociedad, según la cultura adolescente a la que pertenezcan. Algunos se relacionan conflictivamente, son los adolescentes que los adultos vivencian como “rebeldes”; otros se integran por lo menos en forma parcial, son los “buenos estudiantes y laboriosos”.

Las condiciones socioculturales imperantes en la actualidad favorecen el surgimiento de distintas culturas adolescentes, las atraviesan con sus valores o “antivalores”. No es casual que en la cultura posmoderna que promueve la falta de certezas, el escepticismo, la falta de proyección de futuro, el consumismo, la búsqueda de placer, el individualismo, en una sociedad que tiende a la fragmentación y la desigualdad, hayan surgido tantas culturas adolescentes. Analicemos a continuación un interesante fenómeno relacionado con estas culturas que se ha denominado tribus urbanas.

Las tribus urbanas.

Las tribus urbanas son agrupaciones de jóvenes que aparecen en las grandes ciudades, que comparten los mismos gustos musicales, realizan las mismas actividades, eligen vestirse de modo similar, poseen hábitos y valores comunes. Los adolescentes pueden identificarse con otros adolescentes que viven lejos geográficamente pero que comparten los mismos gustos y costumbres por pertenecer a la misma tribu (Moreno, del Barrio, 2000). Entre las tribus urbanas podemos mencionar a los góticos, los punks, los skinhead, los sharps, los heavies, los hardcores, los rockers y las barras bravas. La mayoría de los adolescentes que forman parte de las tribus urbanas provienen de sectores urbano populares que viven en la marginalidad, cuyas necesidades básicas no están siendo satisfechas, no tienen acceso a una buena educación ni esperanza de conseguir en el futuro un empleo, cuyas vidas giran en torno a la inactividad.

En las tribus urbanas pueden confluir distintas bandas, conformadas por adolescentes que se parecen y se reúnen voluntariamente por el placer de estar juntos. Las bandas son una forma de microcultura emergente en sectores urbano populares. Utilizan el espacio urbano para construir su identidad social. Cada banda puede caracterizarse por un estilo determinado o por una mezcla de estilos. Cuando la banda se hace durable se transforma en un grupo primario, pero entonces cambia sus características: afianza los valores comunes, distingue roles, fija objetivos más allá de la reunión por el placer de estar juntos que es propio de la banda.

En una cultura globalizada dominada por las comunicaciones que le quitan sentido a los espacios pues se anulan los límites y las fronteras, en una sociedad que les cierra las puertas y les niega espacios, los adolescentes crean sus propios espacios, se apropian de lugares en las calles en los que se reúnen a conversar y a beber cerveza. Allí se acentúa lo que tienen en común y disminuye lo que los separa. El adolescente ahí se siente alguien pues es un miembro de una banda o de una tribu. Encuentra un conjunto de normas específicas que respeta para construir su imagen, una serie de actitudes, comportamientos y valores a los que adherir, ahí puede luchar contra la sociedad adulta, puede usar la violencia sin necesidad de ocultarla.

La búsqueda de pertenencia e identidad es lo que está en la base de estos fenómenos. Durante la adolescencia se modifican las relaciones que los adolescentes tienen con sus familias y cobran vital importancia las relaciones que establecen con otros adolescentes. De ahí la relevancia que adquieren los grupos, bandas, pandillas y tribus urbanas en la vida de los adolescentes. Muchos de ellos establecen una dependencia excesiva de las normas, pautas culturales y valores de sus grupos, por la seguridad que les otorga el pertenecer a ellos. Algunos adolescentes de sectores populares, en lugar de integrarse a bandas o tribus urbanas, se integran al mundo del hampa y es interesante destacar que otros se están incorporando a iglesias evangélicas.

Adolescentes, iglesias y valores cristianos.

Todos los adolescentes necesitan un grupo de pertenencia con el cual identificarse y no sólo los que pertenecen a tribus urbanas o bandas. Como ya vimos, ellos transfieren al grupo la dependencia que antes tenían de sus padres. Muchos adolescentes se acercan a las iglesias en búsqueda de un grupo de pertenencia, de lazos profundos y amistades. Cuando los encuentran, se quedan, de lo contrario se van. Otros han concurrido de pequeños a la iglesia con sus padres y al llegar a la etapa de la adolescencia se replantean profundamente su fe; si no encuentran en la iglesia un grupo de adolescentes con los cuales identificarse y una comunidad que los acepte, contenga y acompañe en este proceso, es muy probable que se alejen de ella. Éste era el caso de algunos de los adolescentes que entrevisté. Al cumplir 11 ó 12 años se alejaron de la iglesia y del Señor, cayeron en la droga, el alcohol, la vida desenfrenada, pero felizmente, entre los 15 y 17 años, habían vuelto al Señor, aunque ninguno volvió a la iglesia de su niñez.

No es fácil ser adolescente hoy, y más difícil aún es ser adolescente cristiano. Muchos de los valores y prácticas de las distintas culturas adolescentes entran en contradicción con los valores cristianos. La vida cristiana comienza con el nuevo nacimiento pero luego implica un desarrollo que debería llevar a la adopción de un estilo de vida distintivo, con nuevos valores y formas de conducta. Como afirma la Biblia, si alguno está en Cristo, es una nueva persona. Por eso ya no piensa de nadie según los criterios de este mundo. Por eso ya no vive para sí mismo sino para Cristo (2° Co. 5:15-17). El mandato de no conformarnos a este mundo es también para los adolescentes cristianos. ¿Cómo ayudarlos a que sean cristianos sin dejar de ser adolescentes? ¿Cómo ayudarlos a ser adolescentes cristianos? ¿Cómo lograr que se integren a la iglesia y que en ella encuentren una comunidad en la que puedan comenzar su vida cristiana si no lo han hecho antes y desarrollarse en forma integral? ¿Cómo ayudarlos a conformar su identidad en torno a Cristo? ¿Cómo enseñarles los valores cristianos y a adoptar el estilo de vida que Cristo desea en este difícil momento actual?

El aprendizaje de valores es muy importante ya que éstos son las cualidades atribuidas a los objetos, personas o fenómenos, y llegan a orientar y aún a determinar el estilo de vida de una persona. El mensaje del reino de Dios desafía los valores de la cultura imperante y de las distintas culturas adolescentes, y frente a la diferenciación social, al individualismo, a la competitividad, a la falta de esperanzas y de proyección de futuro, a la violencia, opone un mensaje inclusivo, para todos y todas, sin distinción de clase, raza o género o edad. La perspectiva de futuro y la esperanza se recuperan en el mensaje evangélico. Cristo vino a darnos vida en abundancia, a abrirnos la posibilidad de un presente y un futuro mejor a todos.

Lic. Ana R. Somoza (Psicóloga. Escritora. Conferencista).
Revista “Visiones y herramientas III” / ISEDET (2005).
Sobre la destitución de la infancia. Frágil el niño, frágil el adulto.

Toda institución se sostiene en una serie de supuestos. Por ejemplo, la institución escolar necesita suponer que el alumno llega a la escuela bien alimentado; la institución universitaria necesita suponer que el estudiante llega sabiendo leer y escribir. En definitiva, las instituciones necesitan suponer unas marcas previas.

Ocurre que las instituciones presuponen para cada caso un tipo de sujeto que no es precisamente el que llega. Siempre ocurrió que lo esperado difiere de lo que se presenta, pero hubo un tiempo histórico en que la distancia entre la suposición y la presencia era transitable, tolerable, posible. No parece ser nuestra situación. Hoy, la distancia entre lo supuesto y lo que se presenta es abismal. Por su conformación misma, la institución no puede más que suponer el tipo subjetivo que la va a habitar; pero actualmente la lógica social no entrega esa materia humana en las condiciones supuestas por la institución.

En estas condiciones es estratégico distinguir entre las instituciones y sus agentes. Lo que la institución no puede el agente institucional lo inventa; lo que la institución ya no puede suponer el agente institucional lo agrega. Como resultado de esta dinámica, los agentes quedan afectados y se ven obligados a inventar una serie de operaciones para habitar las situaciones institucionales. Si el agente no configura activamente esas operaciones, las situaciones se vuelven inhabitables. ¿Qué posibilidades tienen los agentes para, una vez desmontados los supuestos institucionales, instalar una subjetividad capaz de habitar las situaciones?

Hace algún tiempo, a partir de varias experiencias, construimos una metáfora para nombrar situaciones en que la subjetividad supuesta para habitarlas no está forjada: la metáfora del galpón. Un galpón es un recinto a cuya materialidad no le suponemos dignidad simbólica. La metáfora del galpón nos permite nombrar una aglomeración de materia humana sin una tarea compartida, sin una significación colectiva, sin una subjetividad capaz común. Un galpón es lo que queda de la institución cuando no hay sentido institucional: los ladrillos y un reglamento que está ahí, pero no se sabe si ordena algo en el interior de esa materialidad. En definitiva, materia humana con algunas rutinas y el resto a ser inventado por los agentes. Así como en tiempos del Estado-nación pasábamos de institución en institución, hoy, en ausencia de marco institucional previo, se permanece en el galpón hasta que no se configura activamente una situación. Pero eso ya no depende de las instituciones sino de sus agentes.

El libro Chicos en banda, de Cristina Corea y Silvia Duschatzky, fue escrito a partir de una investigación en escuelas marginales de Córdoba, durante la cual fueron apareciendo situaciones a las que era difícil dar sentido desde los supuestos institucionales. Detengámonos en una de ellas para pensar las operaciones en clave de invención. En una escuela primaria aparece un problema: muchos chicos van armados a la escuela. De algún modo, el problema presenta una condición impensable para la lógica institucional escolar: la condición armado es incompatible con la condición alumno. Pero el asunto no termina aquí: en el entorno de la escuela en cuestión, ir armado es una de las pocas maneras que tienen estos chicos de llegar enteros a la escuela. No es que el chico entra armado a la escuela para transgredir el reglamento o para provocar algo, sino porque él está armado: el chico no va armado a la escuela, va a todos lados así, y las paredes de la escuela no establecen ninguna diferencia. Las paredes de esa escuela no establecen un interior, por eso es pertinente partir de pensarlas como paredes de un galpón.

Los chicos se presentan armados, ¿qué se hace con eso? Armado y alumno son incompatibles, pero sin la condición de armado el alumno quizás no llega a la escuela. La operación capaz de instalar algo de escuela en esas condiciones necesita desarmar a los niños, aunque sea durante su permanencia en el edificio escuela. Entonces aparece una posibilidad: poner un mueble, un armero para que los chicos dejen las armas al entrar y las retiren al salir. Esta operación es muy problemática desde cualquier punto de vista; sin embargo, configura un interior de la escuela.

Según la investigación, esta escuela se funda desde el armero y no desde los programas. La posibilidad de que haya escuela no se funda desde el reglamento o la currícula, sino desde esta operación que distingue un interior de un exterior. La escuela no está instituida por sí misma ni tiene potencia para generar la subjetividad capaz de habitarla. Pero, a partir de aquí y como resultado de esa intervención armero, se plantea otro problema: ¿la escuela no se hace responsable de los chicos afuera? Bien podría aparecer un periodista y preguntarle al director: “¿Es cierto que usted reparte a la salida armas a los chicos?”. Gran problema. Estamos frente a un ejemplo de destitución, pero también de instalación sobre los restos del naufragio de las instituciones productoras de la infancia. Ante este tipo de intervenciones, surgen nuevos problemas.

Ahora bien, bajos los efectos de estas situaciones, es muy difícil empezar a pensar en clave de dada esta situación y no de supuesta una situación. Sin duda no se trata de repartir armas a la salida de las escuelas. El asunto es que, en una situación, se configura una operación que permite habitarla o emerge una suposición que impide habitar. Gran diferencia subjetiva para docentes, padres y todas las figuras de trabajo en torno de la niñez. En definitiva, la disposición puede ser: ¿suponemos una institución o leemos una situación? Son dos mundos distintos, bien distintos. Si suponemos cómo debería ser una escuela, no logramos pensar nada de lo que hay o de lo que puede haber. Si partimos de una situación dada, ahí podemos empezar a pensar –con lo que tiene de indeterminada la tarea de pensar–.

En la modernidad, la usina práctica fundamental de producción de subjetividad era el Estado, metainstitución que albergaba, conectaba y volvía compatibles las diversas instituciones. Y la subjetividad que producía el Estado era la del ciudadano.

Entonces, el ciudadano es una realidad propia de una época histórica. Ahora, ¿qué es el ciudadano? El pueblo se compone de ciudadanos; el ciudadano es el átomo del pueblo. Y el pueblo es soberano; o más precisamente: de él emana la soberanía, pero no reside en él. La Constitución argentina es bien clara: “El pueblo no delibera ni gobierna sino a través de sus representantes”. La soberanía emana del pueblo, pero no reside en el pueblo, sino en los representantes. El ciudadano es un sujeto capaz de hacerse representar. Y por eso necesita ser sujeto de conciencia. Pero para forjar un ciudadano se parte de un niño. Y el supuesto educativo de los Estados nacionales es que el niño es fundamentalmente inocencia y fragilidad, aunque a veces no parezca que así sea; y esa inocencia y fragilidad de los niños requiere amparo –por la fragilidad– y educación –por la inocencia–. No es aún un sujeto de la conciencia; no es aún un ciudadano. La infancia como institución –no los chicos, sino la infancia como institución–, como representación, como saber, como suposición, como teoría, es producto de dos instituciones modernas y estatales destinadas a producir ciudadanos en tanto que sujetos de la conciencia: la escuela y la familia.

La familia instaura en el niño el principio de legalidad a través del padre, que encarna la ley, y luego transfiere hacia la escuela la continuidad de la labor formativa. La escuela es el aparato productor de conciencia que, según la consigna de Sarmiento, consiste en educar al soberano. Para ser soberano hay que estar en pleno ejercicio de la conciencia y las instituciones son productoras de ese sujeto de la conciencia. Por supuesto que, a la sombra de ese proceso, generan el inconsciente; pero no es ése el proyecto. El proyecto es generar un sujeto consciente.

La escuela y la familia instituyen la figura del infante: un futuro ciudadano inocente y frágil, que aún no es sujeto de la conciencia y que tiene que ser tutelado pues ahí, en el origen, está contenido el desarrollo posterior.

Parentesco líquido.

Hay una serie de estudios de Michael Foucault sobre la locura y las prisiones que son interesantes para estudiar los dispositivos de exclusión. ¿A quién se excluye? En el mundo moderno, se excluye a quien no dispone de razón, a quien no tiene la razón sana. El niño es un excluido radical del universo burgués moderno. En tanto niño está tan excluido como el loco. Luego se incluirá, pero cuando ya no sea niño.

El niño, en tanto tal, cuenta sólo como “hombre del mañana”. Pero la transformación contemporánea transforma a ese hombre del mañana en un consumidor del hoy –o un expulsado del consumo de hoy–. La destitución de las instituciones que producían infancia implica a su vez una habilitación del presente para los niños. Estos son puro presente para el mercado: son puro presente de consumo o puro presente de exclusión, pero no son proyecto de ciudadanos. La dimensión de futuro es inconcebible para los mercados actuales. El futuro era el objeto tutelado por el Estado, pero para el mercado neoliberal es una abstracción filosófica. En el mercado neoliberal no hay ninguna institución que genere futuro; el futuro se produce sólo si hay alguna operación que abra una perspectiva del después.

Para pensar el cambio de lógica, puede resultar útil simplificar la cuestión en los siguientes términos: del Estado al mercado. Pero aún sigue siendo complicado el asunto. Más simple –y más dramático– es plantear que la lógica de Estado, la lógica de las instituciones, es la lógica de lo sólido. Lo sólido es el estado privilegiado de la materia: ser es ser un sólido. No sabemos por qué hemos privilegiado un estado de la materia por sobre los otros. En todo caso, por un motivo u otro solemos llamar ente a lo sólido. A un líquido “le falta consistencia”, lo vemos como un sólido disuelto. Y un gas es prácticamente un chiste, está abandonado por la realidad.

El Estado produce realidad al modo de instituciones: una institución, otra institución, otra institución son lugares dentro de un territorio. Hace unos años empezó a hablarse de flujos de capitales, flujos de imágenes, flujos informáticos. Bajo dos figuras exquisitas, la inundación y la sequía, la era neoliberal es la era de la fluidez. El paradigma de “lo que es” es lo que fluye y no lo que se consolida. La subjetividad estatal supone que la vida social está asentada sobre la solidez del territorio. El mercado produce realidad de otro modo: la subjetividad neoliberal no se asienta sobre lo sólido del territorio sino sobre la fluidez de los capitales.

Una imagen para plantear esto es la idea de una reversión del tablero. En la reversión del tablero, el mercado, que era pensado como un lago interno dentro de la solidez estatal, ha crecido a tal punto que ha devenido océano, de modo que el resto de los términos emergentes ahora son islotes conectados por un medio fluido. Pero además serían islas flotantes, también movidas por la deriva de ese medio.

En un medio sólido, la conexión entre dos puntos permanece, a menos que un accidente o un movimiento revolucionario corte esa atadura. En la fluidez, la conexión entre dos puntos cualesquiera es siempre contingente: puede no ser. En un medio fluido, dos puntos cualesquiera –que pueden ser el padre y el hijo, uno y su puesto de trabajo, el docente y el estudiante– permanecen juntos porque se han realizado las operaciones pertinentes para ello, y no porque un andamiaje estructural los encierre en el mismo espacio. En un medio fluido, cualquier conexión tiene que ser muy cuidada, no se sostiene en instituciones sino en operaciones, no tiene garantías; más bien exige un trabajo permanente de cuidado de los vínculos. Y las operaciones necesarias para mantener dos puntos conectados tienen una dificultad adicional: en un medio sólido, si realizamos una misma acción, producimos un mismo efecto; pero en un medio que se altera, las operaciones necesarias para permanecer juntos van cambiando. No por realizar una misma acción producimos un mismo efecto.

La infancia era una institución sólida porque las instituciones que la producían eran a su vez sólidas. Agotada la capacidad instituyente de esas instituciones, tenemos chicos y no infancia. Nos encontramos con una dispersión de situaciones para la cual no hay teoría, y parece que no puede haberla porque las situaciones dispersas se montan sobre ese fondo de fluidez, es decir, de contingencia permanente. Los ejes estructurales no tienen ya potencia para aglutinar lo que consolidaban en su momento, y los agentes de la vida social nos enfrentamos a la experiencia inédita de forjar cohesión en un medio fluido.

En un medio fluido hay fuerzas cohesivas. Nunca se llega a la ligadura estructural del sólido, pero se producen cohesiones. Llamamos cohesión a un conjunto de partículas que sostienen entre sí fuerzas de atracción mutua, que no se consolidan pero que en un medio fluido evitan la dispersión. La dispersión es la fragmentación, la inconsistencia, la secuencia enloquecida sin ninguna ligadura; es estar todos en un mismo recinto, pero ninguno en la misma situación que otro. En la dispersión hay fragmentos que navegan y, si no se cohesionan, se chocan. Pero no se cohesionan desde un continente que les dé forma sino desde alguna operación que arma un remanso. En esas condiciones, los vínculos cambian de cualidad, están sometidos a los encuentros y a los desencuentros. Para nosotros, la familia está basada en el amor. Una gran conquista del pensamiento moderno fue la elección del cónyuge por amor. Y una gran conquista de los movimientos de liberación femenina, del psicoanálisis, del pensamiento crítico, fue no sólo elegir esposo o esposa sino, además, conservarlo o no por amor.

En la Roma antigua, la familia era uno de los pilares de la sociedad; por eso Cicerón decía que el amor debía quedar fuera del matrimonio, pues una institución primordial de la república como el matrimonio no podía estar sometida al vaivén de las pasiones. Para el pensamiento espartano, la familia era no la célula básica de la sociedad sino el núcleo disolvente de la sociedad. La sociedad desconfiaba de las lealtades familiares.

Las familias se complicaron. Hoy, cuando se le pide a un chico que dibuje la familia, hay que darle una hoja de gran tamaño y dejarlo que interrumpa donde le parezca. Las relaciones que puede dibujar son vínculos difíciles de definir por el andamiaje estructural del parentesco. En principio, en las relaciones de parentesco los parientes son vitalicios. Un primo, un cuñado, son vinculaciones “para siempre”. Y hermanastros, hijastros, madrastras y padrastros aparecen sólo por viudez –como en Cenicienta–, pero no se concibe que coexistan la “ex” relación y la relación actual. La situación actual, al imponer como condición que los vínculos de alianza se sostienen en el amor, hace pulular los “ex” y los “... astros”. Si un varón tiene una ex hermanastra, que sea una mujer permitida o prohibida no está determinado. ¿Los ex tíos políticos siguen siendo tíos? ¿Y el marido de mi suegra que se peleó con ella es el abuelo de mi hijo o no? Se arman constelaciones difusas, y es el chico quien elige.

En esa constelación difusa de emparentados, el parentesco deviene cada vez más electivo. En historia suele distinguirse entre relaciones de parentesco y sistemas de parentesco. Las relaciones de parentesco son las relaciones que efectivamente se entablan: éste hace tal cosa con ése; éste le presta herramientas a aquél –que es el cuñado–; éste almuerza con otro –que es el hijo– los domingos. Lo que determina las relaciones de parentesco es lo que efectivamente “hacen”. Las prácticas efectivas son las relaciones de parentesco. Y el sistema de parentesco es el que clasifica y nomina esas prácticas: éste hace tal cosa con aquél; a esa relación en el sistema la llamamos, por ejemplo, tío.

No hay lenguaje de parentesco capaz de designar ciertos vínculos efectivos. ¿Cómo llamar al nieto del marido de la madre de uno? Llamarlo “amigo” es encubridor y llamarlo “pariente” es un caos clasificatorio. Sin embargo puede haber una relación efectiva de parentesco. No hay ningún andamiaje estructural que soporte ese vínculo; se sostiene en prácticas y no en un sistema clasificatorio, no en una institución. El vínculo se sostiene por haberse elegido mutuamente, por cuidarse, acompañarse, no por un anclaje dado de antemano sino porque el haberse encontrado produce un entorno significativo.

Por más que nos resulte caótica, ésta es la matriz de los vínculos actuales. Estos son los modos que adoptan los vínculos por cohesión y no por solidez. Cuesta un enorme trabajo sostener las situaciones sin instituciones, y requiere mucho trabajo de pensamiento. Decía una antigua definición de pensamiento que saber algo es no tener que pensar en eso. Si uno sabe algo, no tiene que pensarlo: lo supone. Pero en condiciones de fluidez la suposición es siempre engañosa. Pareciera entonces que para pensar la infancia es necesario des-suponer la infancia y postular que hay chicos. Des-suponer la infancia significa no pensar a los chicos como “hombres del mañana” sino como “chicos de hoy”. Y esto significa partir de que los chicos no están excluidos en estos tiempos de conmoción social, no están anclados a estructuras sino que están pensando, tan frágiles, tan desesperados, tan ocurrentes como cualquiera de nosotros, que tenemos la misma fragilidad de ellos. En la era de la fluidez hay chicos frágiles con adultos frágiles, no chicos frágiles con instituciones de amparo. Y con esas fragilidades estamos trabajosamente tramando consistencias, tramando cohesiones. La solidez supuesta en un tercero se desfondó.

Así, las situaciones de infancia pueden pensarse como situaciones entre dos y no entre tres. Una situación de tres sería, por ejemplo, un chico, un adulto y el Estado; es decir que no se vinculan directamente entre sí en la ternura o en los cuidados mutuos, sino a través de la mediación de un tercero: la institución familiar o escolar. Pero, si se supone un tercero en una relación entre dos, el primero termina abandonando al segundo. De ahí que el trabajo actual de vincularse sea casi artesanal, y seguramente angustiante. Si uno dice: “Se supone que el Distrito Escolar debería...” y opera en base a esa suposición, termina abandonando al chico y también a uno mismo porque, de ese modo, uno se constituye como docente, como psicólogo, como padre, supuesto por una tercera cosa, y no se constituye en el vínculo con el chico. Destituida la infancia, las situaciones infantiles se arman entre dos que se piensan, se eligen, se cuidan y se sostienen mutuamente. Ya no se trata de fragilidad por un lado y solidez por el otro; somos frágiles por ambos lados.

Ignacio Lewkowicz (Historiador. Escritor)
Conferencia en el Hospital Posadas, Argentina, en 2002
Página 12
La Biblia y la sexualidad.

El tema de la sexualidad se ha visto como controversial por muchos años en los ámbitos cristianos. Durante siglos se lo ha visto como malo, humillante, pecaminoso. Tal ha sido el descrédito en el que ha caído que se hace necesaria una investigación fiel y sincera, para conocer el mensaje que Dios nos ha dado sobre este espinoso tema a través de las Escrituras Sagradas.

En esta investigación, encontré que esta mala reputación se arrastra desde tiempos pre-cristianos. Se origina en la interpretación dualística de los griegos. Platón -por ejemplo- sostenía que es en el alma donde se alojan las cosas más lindas de la vida. En cambio la carne es mala. El vocablo "soma" originalmente significó "cárcel". Los griegos pensaban que el cuerpo era la cárcel del alma. Si bien esta forma de pensar no fue típicamente cristiana, puedo decir que el concepto "prendió" en los ámbitos cristianos de los primeros siglos y ha mantenido vigencia hasta hoy. Muchos ascetas religiosos -durante siglos- castigaron cruelmente sus cuerpos como forma de disciplinarlo.

Otra de las interpretaciones erróneas que han servido para desacreditar el sexo se desprende del concepto anterior. Todos sabemos que el ser humano es una unidad indivisible, es un ser biológico, psicológico y espiritual y actúa dentro de un medio social. El error en el que se ha incurrido -no de la Biblia- sino de algunas corrientes de interpretación, es haber considerado estas áreas en forma separada. Entonces, el sexo quedó ligado a lo biológico y la relación sexual no a esa unidad sino a la satisfacción de la necesidad instintiva.

Va a ser importante que hablemos de sexo desde la perspectiva de Dios, según se nos provee información a través de la Biblia. Dios es el creador del sexo. Dios es el creador del cuerpo humano y la sexualidad debe verse en relación a esa unidad indivisible de la que hemos hablado y no relacionarla solamente a aspectos biológicos.

Sexo: Creación de Dios.

La Biblia dice que Dios es el creador del sexo. El relator bíblico en Génesis nos muestra que en la obra de creación incluyó -aparte de todo lo creado- al ser humano. "Creó Dios al hombre, a su imagen, a imagen de Dios lo creó, varón y hembra los creó" (Gén. 1:27). El vocablo sexo significa división. Dios es responsable de esa división, El la ideó. Por mucho tiempo -aún hoy- la gente ha malinterpretado el pasaje bíblico en Génesis y ha sostenido que el pecado que cometieron Adán y Eva en el Huerto de Edén es haber descubierto su sexualidad y haber tenido relaciones sexuales. Esto es un error teológico serio. Lamentablemente se ha difundido a través de los tiempos y ha hecho mucho daño a la gente. La Biblia nos insta a pensar positivamente respecto a la sexualidad. Dice el texto bíblico: "Y los bendijo Dios diciendo: Creced y multiplicaos, llenad la tierra y señoreadla completamente" (Gén. 1:28). Es de destacar que las tres primeras indicaciones que Dios tiene para el ser humano tienen que ver con la sexualidad y el ejercicio de la misma. ¡Dios no puede ordenar tareas si previamente no dotó a las personas con la capacidad de realizarlas!

El lector cuidadoso del Génesis notará que luego de cada acto de creación el relator bíblico afirma: "Y vio Dios que era bueno". Pues, cuando hace al ser humano -varón y hembra, con la capacidad de reproducirse- reitera dicha afirmación. Más adelante el relato bíblico dice: "Por esta causa, dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne" (Gén. 2:24). Aquí, Dios recomienda y aprueba la unión del hombre y la mujer, lo que nos permite seguir alejando esa idea pecaminosa del sexo. Un comentarista bíblico anota que esta unión matrimonial permite al hombre y a la mujer volver a reunirse en una sola carne, ya que antes de la creación de la mujer ya habían sido uno y que en el acto sexual simbólicamente volvían a reunirse. Dijo Juan Calvino -teólogo reformista-: "Sin la mujer el hombre es incompleto. El hombre debe amar a su mujer como a su propio cuerpo, sólo en esa unión se logra la verdadera personalidad. El sexo es parte del plan creativo de Dios, pero éste debe conservarse dentro de los límites del matrimonio monogámico". (Exégesis del libro de Génesis). Y para afirmar la bondad que hay en esta creación de Dios podemos ver la figura bíblica en el que se relacionan como esposo al Yaveh del Antiguo Testamento y la esposa, el pueblo de Israel. Una figura similar surge en el Nuevo Testamento entre Cristo y la Iglesia. Si la unión entre hombre y mujer no fuera lícita, entonces Dios no usaría estas figuras didácticas en ambos testamentos sagrados.

En el libro El acto matrimonial se cita al psicólogo Brandt: "Dios creó todas las partes del cuerpo humano. No creó algunas partes buenas y otras malas, las hizo buenas todas, pero cuando hubo acabado su creación, la contempló y dijo "que era bueno en gran manera". Sin lugar a dudas, Dios ha sido el diseñador y creador del aparato sexual masculino y femenino, y más aún, creador del sexo, para que varón y hembra pudieran gozar de él. La actividad sexual, por ende, es una actividad santa y esto lo afirma el escritor de la epístola cuando dice: "Honroso sea en todos el matrimonio y el lecho sin mancilla" (Hebreos 13:4). Pero, no obstante la bondad que hay en esta vivencia humana, Dios una y otra vez en la Biblia censura el mal uso del sexo. Reprende a los fornicarios y a los adúlteros, se habla de Israel como una nación adúltera en varios pasajes del Antiguo Testamento. A pesar de todas las censuras no podemos interpretar que el sexo sea malo o pecaminoso, Dios aprueba la vida sexual cuando se da dentro de determinados límites, la censura llega cuando se quebranta lo establecido por El.

Sexo: Aspectos reproductivo y erótico.

Por mucho tiempo la Iglesia Cristiana ha sostenido que la finalidad básica del sexo es la procreación y se ha subestimado y hasta despreciado la función erótica de la relación sexual.

En cuanto a la función reproductora ya hemos citado las ordenanzas bíblicas. "Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra" (Gén.1:28), pero luego de acaecido el diluvio se vuelven a repetir estas palabras ante una nueva instancia que debía encarar la humanidad.

En cuanto a la función erótica es la que más resistencia ha tenido a lo largo de los tiempos. Tampoco hay respaldo bíblico como para creer que este bien no fue dado por Dios. Dios lo creó todo a la perfección, en su diseño del ser humano, de sus órganos sexuales y su capacidad racional-moral lo diseñó todo de tal modo que éste fuera capaz de experimentar placer en su relacionamiento sexual. La Biblia abunda en apoyo para entender la función placentera de la sexualidad. También en Génesis se muestra un episodio en el que Isaac y su esposa Rebeca son protagonistas, el rey Abimelec se sorprende cuando ve a Isaac acariciando a su esposa. El juego erótico forma parte de la relación sexual (Gén. 26:1-11). Otra cita importante del tema en cuestión tiene que ver con el mandamiento que Dios da a Moisés para que éste entregue al pueblo de Israel. Dic instrucciones según las cuales el hombre que se casare, después de la boda debía ser eximido del servicio militar y de toda responsabilidad comercial por un año para estar libre en su casa todo el tiempo para felicidad de su mujer (Deuteronomio 24:5). La última parte del texto facilita el hecho que dos personas recién casadas puedan "conocerse" durante el tiempo en que sus impulsos sexuales son más fuertes y bajo circunstancias que les darían amplias oportunidades para experimentar el placer. Probablemente esta provisión fue hecha también para facilitar que el joven esposo pudiera engendrar antes de exponerse al riesgo de morir en los campos de batalla. El libro de Eclesiastés reafirma esta idea del deleite sexual: "Goza de la vida con la mujer amada..." (Ecl. 9:9). También el escritor de Proverbios dice: "Alégrate con la mujer de tu juventud, dejando que sus senos te embriaguen en todo tiempo y en sus caricias recréate siempre" (Prov. 5:18, 19). No puedo dejar de mencionar al libro de Cantar de los Cantares en el cual se manifiesta en abundantes pasajes el deleite del amor sexual. Hay algunos escritores que afirman que este libro es apenas una metáfora que pretende enseñar la relación que Dios establece con su pueblo. El libro tiene metáforas, pero de su contenido uno logra desprender un sinnúmero de enseñanzas que llegan a ser de mucha utilidad para las parejas de nuestro tiempo. El libro provee un raudal de información valiosa sobre la relación sexual y se nota que sus protagonistas van a la unión sexual sin miedos, ni ideas preconcebidas de que el sexo sea algo sucio, malo, dañino o pecaminoso. En el Nuevo Testamento aparecen numerosas citas que confirman este aspecto de la relación sexual. Tim LaHaye en su libro El acto matrimonial afirma que el esposo y la esposa tienen necesidades e instintos sexuales que deberán ser satisfechos en el matrimonio. Que no es conveniente rehusar satisfacción sexual al cónyuge y que el acto sexual está aprobado por Dios. Para estas afirmaciones se basa en 1 Corintios 7:2-5.

Sexo: en su aspecto de relación.

En la antigüedad lo relacionado a lo sexual se mantuvo en íntimo contacto con lo religioso, se establecieron rituales en donde se confundían lo erótico con lo misterioso. En el Antiguo Testamento el acto sexual tiene algo de misterioso ya que a través de éste se llegaba a "conocer" a la otra persona y por consiguiente algo del secreto de su propia existencia. Cuando se usa el vocablo "conoció", en varias situaciones se refiere a la relación sexual. Había conciencia que en el mismo acto se descubría algo sobre el misterio de la vida y de la misma esencia de la otra persona, que no se podía conocer de otra manera.

Daniel Tinao afirma que la relación sexual no es una mera fuente de placer sino que encierra un misterio fascinante. En varios pasajes de la Escritura Sagrada se da a entender que había algo de sacramental en el acto sexual, como que una dádiva espiritual emergía del mismo. El sexo no es algo aparte de Dios, sino una parte crucial de la creación de Dios donde El mismo crea la capacidad de crear. Larry Christenson en su libro La familia cristiana afirma: "La unión sexual decimos que es un misterio, porque no hay explicación lógica que pueda dar cuenta de su poderosa y penetrante influencia en la pareja. Si bien es un acto físico involucra mucho más que sensaciones físicas. Produce una vinculación tan profunda entre dos seres humanos, que la Biblia habla de ellos como una sola carne. Sin embargo, no hay otro acto humano que acentúe de tal manera la identidad personal y la conciencia de sí mismo a un nivel tan elemental. Es una entrega profunda y fundamental de uno, una rendición de los poderes de procreación a otro. Pero mientras más éxito alcanza la relación tanto mayor es el grado de satisfacción personal obtenida por ambas partes".

Cuando llegamos al Nuevo Testamento habían pasado muchas cosas y entre ellas la desnaturalización de la relación sexual. El propósito de Jesús al enseñar sobre el sexo fue integrarlo a la personalidad de tal manera que se hiciera imposible comercializarlo o considerarlo como una de las tantas fuentes de placer que se ofrecen al hombre. Por eso es que Jesús dice que "el que mira a una mujer para codiciarla peca en su corazón" (Mateo 5:27) porque no está mirando a una persona entera con toda su dignidad y excelsitud, sino que está mirando un instrumento de placer carnal. Y al fin, esto es la esencia del pecado, el rechazo de la personalidad total, el "uso" de la otra persona, en cualquier sentido que sea, olvidando su dignidad como ser espiritual creado a la imagen y semejanza de Dios. La unión sexual establece una unidad tan estrecha y descubre secretos tan íntimos del ser, que la convierten en una unidad indisoluble, para toda la vida. Comparto nuevamente varios conceptos del Dr. Daniel Tinao (Revistas de Psicología Pastoral): "La concepción cristiana sobre la relación sexual no surge como una interpretación caprichosa, arbitraria o edificada sobre una concepción poco realista del hombre, al contrario, ésta se apoya y está enraizada en una interpretación realista de la naturaleza humana y en concepciones psicológicas y sociales que tienen plena vigencia" ... "El concepto cristiano del sexo está edificado sobre dos pilares fundamentales: una concepción particular del hombre y una concepción particular de la sociedad y la vida en relación". En cuanto a la vida en relación afirmo que el concepto cristiano de la vida sexual se edifica sobre una idea sumamente elevada de las relaciones humanas. No se lo concibe al acto sexual como un acto animal tendiente a satisfacer lo instintivo sino como una de las más acabadas expresiones de relación entre dos seres. Esto presupone un profundo amor y respeto, como así también aceptación del otro como una totalidad.

Otro concepto importante del Dr. Tinao dice que: "El hombre es un ser eminentemente social, su vida se mueve y se realiza en el contexto de la comunidad. El estímulo que significan las relaciones interpersonales tienen un tremendo valor formativo. La unidad que Dios creó no es un hombre a solas sino la pareja, y el matrimonio sigue siendo hasta hoy la mejor oportunidad para desarrollar ese sentido comunitario que la vida tiene y aprender a vivir en relación con otros". Entonces, todas las veces que se saca la relación sexual del contexto de la unión estable y permanente de dos seres que se aman y están dispuestos a afrontar la responsabilidad social que ello comporta, la relación se desvirtúa en su misma esencia. Diría más, se deja de tener una relación para tener explotación, donde alguien siempre es tratado egoístamente. La relación sexual deja de ser un medio para transformarse en un fin. La persona es tomada, no en su integridad sino como un medio de satisfacción sexual. Cito nuevamente a Larry Christenson, en La familia cristiana: "En el cristianismo el matrimonio alcanza una santidad y significación que no se conoció en tiempos antiguos. La dignidad olvidada de la mujer fue traída a la luz y su valor reconocido. Ni la ley romana o la mosaica le concedían a la esposa derechos que fueran igualmente grandes y sagrados como los del hombre. En el cristianismo la esposa, del mismo modo que el esposo, tienen el derecho de tener la perfecta fidelidad de su consorte. La esposa deja de ser meramente la ayudante del esposo en esta vida presente y llega a ser coheredera con él de la vida eterna". Tan honorable y sagrada es la relación que se establece entre estos dos seres que pueden formalizar la vida matrimonial, que Dios usa la figura del matrimonio para simbolizar la relación que Cristo va a tener con la Iglesia Cristiana y ello por el grado de dependencia, por el amor, la comunión continua, el respeto, etc.

Hugo Piriz (Psicólogo)
4º Seminario Abierto de Sexología - Universidad Católica del Uruguay
ACUPS

Bibliografía citada.

Todas las citas de la Biblia fueron extraídas de la versión Reina-Valera revisada 1960.
1. Génesis 1:27
2. Génesis 1:28
3. Génesis 2: 23-24
4. Calvino, Juan. Exégesis del libro de Génesis (Apuntes).
5. LA HAYE, Tim. El acto matrimonial. Libros CLIE. 1980.
6. Hebreos 13:4
7. Génesis 1:28 y 9:1-2
8. Génesis 26:1-11
9. Deuteronomio 24:5
10. Eclesiastés 9.9
11. Proverbios 5:18-19
12. DILOW, Joseph. Cantar de los Cantares. Editorial Logoi. 1981.
13. LA HAYE, Tim. El acto matrimonial. Libros CLIE. 1980.
14. TINAO, Daniel. Revistas de Psicología Pastoral 5. 1975.
15. CHRISTENSON, Larry. La familia cristiana. Editorial Betania. 1970.
16. Mateo 5:27
17. TINAO, Daniel. Revistas de Psicología Pastoral 5. 1975.
18. CHRISTENSON Larry. La familia cristiana. Editorial Betania. 1970.
 



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